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By Bernard Cornwell

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Alfonso X, the Learned

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Señaló hacia la puerta con la astillada punta de lanza–. Cuando salí por esa puerta, desnuda, con dos serpientes y un murciélago escondido en la cabeza bajo la piel de un muerto, me enfrentaba a un rey, a su druida y a sus guerreros. Derfel, una chica contra un rey, un druida y una guardia leal. ¿Quién ganó? –Tú. –Ya ves que el truco sirvió de algo, pero no gracias a mi poder, sino al poder de los dioses. Pero yo tenía que creer en ese poder para que sirviera de algo. Y para creer, Derfel, hay que entregar la vida entera.

De modo que, en mal avenida compañía de cuatro, partimos hacia Glevum. Morgana, vara de endrino en mano y con la máscara de oro brillando al sol del estío, abría la marcha cojeando y cada paso que daba era una enfática ratificación de su rechazo hacia el acompañante de Nimue. Sebile, la esclava sajona, se apresuraba dos pasos detrás de ella, la espalda encorvada bajo el peso del ato cargado de mantas, hierbas secas y cacharros. Nimue y yo íbamos a la zaga, descalzos, con la cabeza descubierta y sin carga alguna.

No lo comprendes, Derfel –dijo sacudiendo la cabeza–. Nadie me ha escogido, me he escogido yo. Cada cual decide por si mismo. Podría ocurrirle a cualquiera de los que estamos aquí. Por eso Merlín recoge a todos los huérfanos, porque cree que los huérfanos pueden adquirir poderes especiales, pero sólo les ocurre a unos pocos. –Como a ti –dije. –Veo a los dioses en todas partes –dijo con sencillez–. Y ellos me ven. –Yo nunca he visto a un dios –insistí empecinadamente. –Lo verás –me dijo sonriendo ante mi resquemor–, porque tienes que pensar en Britania, Derfel, como si estuviera cuajada de cintas de fina niebla, unos jirones tenues por aquí y por allá que flotan y se deshacen, pero esos jirones son los dioses, y si los encontramos y les agradamos y volvemos a hacer suya esta tierra, los jirones se harán más densos y se unirán y se convertirán en una niebla maravillosa que cubrirá toda la tierra y nos protegerá del exterior.

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